jueves, 10 de enero de 2019

Charles de Tolnay / La 'Venus del espejo' de Velázquez


Charles de Tolnay. «La ‘Venus au miroir’, de Velázquez». Varia velazqueña, I, Madrid, Ministerio de Educación Nacional, 1960, págs. 339-343. Traducción del francés de Pilar Ciudad.

 

Publicado por Enrique Castaños, Doctor en Historia del Arte.


Aún podemos todavía determinar aproximadamente las obras que inspiraron a Velázquez cuando concibió la Venus del Espejo, de la Galería Nacional de Londres[1]. El prototipo es la Venus recostada de Giorgione en Dresde. Esta diosa del amor y la voluptuosidad, cuyos contornos rítmicos concuerdan tan misteriosamente con las líneas sinuosas de las colinas del paisaje, será retomada y transformada por Tiziano en la Venus de Urbino de los Uffizi. Tiziano hace de ella un «retrato mitológico». Se trata de una cortesana veneciana convertida en Venus. Sacerdotisa de la voluptuosidad, está a punto de recibir a uno de sus clientes en sus suntuosos aposentos a la hora de la puesta del sol, la cual se percibe a través de la loggia abierta. La Venus nos increpa con la mirada. Sin embargo, ennoblecida por la postura, tomada de la Venus de Giorgione, por los atributos (las flores), el peinado sofisticado, la diadema, la pulsera y la presencia de las señoritas de compañía en la lujosa sala, se eleva al rango de Diosa del Amor. El desnudo de carne dorada y los terciopelos rojos y verdes, están bañados por el sol. Una atmósfera tibia parece llenar esta escena suntuosa[2]. La analogía en la confusión con el lienzo de Tiziano es evidente, sobre todo en lo que concierne al lecho del primer plano, paralelo a la superficie del cuadro y con el desnudo femenino, así como al cortinaje posterior. El motivo: Venus contemplándose en un espejo enmarcado en ébano sostenido por Cupido, nos remonta también a Venecia, pero allí la Venus se representa apoyada. El ejemplo más antiguo de este tipo se encuentra probablemente en la Joven del espejo de Giovanni Bellini, de 1515 (en Viena); más próximas a Velázquez son el Tocado de Venus [Venus del espejo] de Tiziano, de 1555 (en Washington), de Tintoretto (Munich, Böhler Collection) y de Veronés (Basilea, Alexander von Frey Collection) [debe referirse al que guarda hoy el Joslyn Art Museum, Omaha, Nebraska]. Las paráfrasis de Rubens en el castillo del príncipe Liechtenstein, en Vaduz, y en el palacio del barón Thyssen-Bornemisza en Lugano, entre 1612-1615, son igualmente anteriores al lienzo de Velázquez. Mirando de más cerca, se observará que mientras en Tiziano admira Venus su belleza en el espejo y que sus discípulos  la representan aseándose, en Velázquez contempla indolentemente su rostro.


Velázquez. La Venus del espejo. Hacia 1649-51. Lienzo. 122,5 x 177 cm. National Gallery de Londres.



Giorgione. El sueño de Venus. Hacia 1510. Óleo / lienzo. 108,5 x 175 cm. Gemäldegalerie  (Dresde).



Tiziano. Venus de Urbino. 1538. Lienzo. 119 x 165 cm. Uffizi. 



Giovanni Bellini. Joven del espejo. 1515. Madera de álamo. 62,9 x 78,3 cm. Kunsthistorisches Museum, Viena.



Tiziano. Venus con un organista. 1550-1552. Lienzo. 115 x 210 cm. Berlín, Gemäldegalerie. 



Tiziano. Venus del espejo. 1555. Lienzo. 124,5 x 104,1 cm. Washington, National Gallery.



Tintoretto. The Toilet of Venus. 1570. Lienzo. 115,5 x 103 cm. 



Paolo Veronese. Venus with  a Mirror (Venus at Her Toilette). Ca. 1582. Lienzo. 165 x 124 cm. Joslyn Art Museum, Omaha, Nebraska (antes en Basilea, en la Alexander von Frey Collection).



Rubens. Venus ante el espejo. 1614-1615. Lienzo. 124 x 98 cm. Colección del Príncipe de Liechtenstein, Vaduz.



Rubens. Venus y Cupido. 1606-1611. Lienzo. 137 x 111 cm. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

La transposición al idioma español llega a ser evidente en la concepción del desnudo, en el efecto de la distancia creada por el motivo principal (desnudo vuelto de espaldas) y en la gama cromática dominada por tonos fríos y discretos.

Lo que choca en el colorido es que el tono rosáceo del cuerpo desnudo visto de espaldas, no reposa sobre el terciopelo púrpura tradicional de Venecia, sino sobre un trozo de seda gris plateada: en lugar de los tonos fuertes y cálidos que los venecianos gustaban de asociar con el color de la carne, lo que domina aquí es un tono frío y discreto.

Velázquez relegó al segundo plano las tonalidades cálidas: cortinaje de seda carmín y pared del fondo gris oscura. Entre las dos zonas, una fría y otra cálida, insertó el recurso del rosa de la carne haciendo resaltar su belleza. El tono grisáceo se completa con el blanco, esto es, una mezcla de cálido y frío.

Primeramente, la seda gris plateada de la cubierta de la cama sirve de contraste con el rosa de la carne, haciendo resaltar su belleza. Este tono gris se completa con el blanco de detrás de las caderas, el negro del otro lado de las piernas y por un velo verde gris cerca del talle. Pero el gris plateado de la colcha no está en contraste únicamente con la epidermis, sino que da la tonalidad general de la gama: el efecto tamizado, frío, discreto y elegante. De esta forma, la distancia en el cuadro parece que se acrecienta, y aunque no haya ni un solo elemento de paisaje, se aprecia el clima de Castilla. El efecto del conjunto, de una distinción rara, está determinado por las relaciones de los planos coloreados.

La idea de representar a la Venus acostada y vista de espaldas, contrariamente a la tradición veneciana, se explica por la inspiración que procede de la Hermafrodita Borghese, en la actualidad en el Louvre[3]. Sabemos que Velázquez hizo ejecutar un molde para las colecciones reales de España [este molde de bronce, realizado por Matteo Bonuccelli en 1652, se conserva en el Prado]. Sin embargo, los parecidos entre la espalda de la Hermafrodita antigua [del Louvre] y la de la Venus de Velázquez son superficiales, y, por regla general, las posturas son muy diferentes.


Hermafrodita. Copia romana de un original helenístico del siglo II a. C. Mármol. 169 cm de long. Louvre. El lecho fue añadido por Gianlorenzo Bernini en 1620, después de la restauración de la escultura por David Larique en 1619. Descubierta en 1608 junto a las Termas de Diocleciano. Perteneciente a la familia Borghese, fue instalada en el Louvre, por orden de Napoleón, en 1807. Velázquez mandó hacer un vaciado en bronce, durante su segundo viaje a Italia, que está en el Prado.




Hermafrodito.1652. Bronce. 160 cm de long. Museo del Prado.
Esta obra fue realizada por Matteo Bonuccelli, fundidor ayudante de Bernini, por expreso deseo de Velázquez durante su segundo viaje a Italia.




Ariadna dormida. Escultura romana del siglo II. Mármol. 226 cm de longitud. Museo Arqueológico de Florencia. Antes, en el Palazzo Pitti. Esta fue la escultura que Velázquez pudo ver durante su convalecencia en la Villa Medicis de Roma, en el Pincio, durante su segundo viaje a Italia, estatua que aparece en su cuadrito Vista del jardín de la ‘Villa Medicis’, en Roma. El mediodía, pintado entre mayo de 1649 y noviembre de 1650 (Museo del Prado). Ferdinando de Medicis (Fernando I de Medicis, Tercer Gran Duque de Toscana entre 1587 y 1609 y Cardenal desde 1562, con catorce años) adquirióla para su Villa Medicis de Roma en 1572.


Kenneth Clark (The Nude, pág. 391) sostiene que, durante el Renacimiento, el primer ejemplo de una mujer acostada desnuda y vista de espaldas es una estampa de Giulio Campagnola [ca. 1482-1515?] (Galichon 13) [Émile Galichon, «Giulio Campagnola, peintre-graveur du XVIe siècle», Gazette des Beaux-Arts, nº 13, 1862, págs. 332-346], inspirada probablemente en una obra perdida de Giorgione. Pero esta obra no tiene ninguna semejanza, ni en sus formas ni en su actitud, con la de Velázquez, y, por otra parte, como se verá enseguida, no es el primer desnudo de espaldas que se representó durante el Renacimiento.


Giulio Campagnola. Mujer recostada en un paisaje. Ca. 1500-1515. Dibujo. Biblioteca Pública de Nueva York.


En cambio, hemos llamado la atención sobre otra probable fuente de inspiración de Velázquez que nos parece más sorprendente. Se trata de uno de los Ignudi  en color bronce pintado por Miguel Ángel (fig. 157) en la bóveda de la Sixtina, por debajo del triángulo de David y Goliat. Este mismo Ignudo parece que inspiró también el aguafuerte de Rembrandt La mujer negra acostada (Bartsch, nº 205) [se refiere al catálogo de grabados holandeses y flamencos elaborado por el vienés Adam von Bartsch, 1757-1821], de 1658[4]. Como este pasaje de nuestro libro de 1945 se le escapó a varios autores que escribieron posteriormente sobre Velázquez[5], nos permitimos citarlo aquí.


Miguel Ángel. Dos Ignudi broncíneos en la bóveda de la Sixtina, por debajo del triángulo de David y Goliat. 1511. El de la izquierda pudo inspirar, según Charles de Tolnay, a Velázquez en su Venus del espejo.




Rembrandt. Mujer negra acostada. 1658. Aguafuerte, punta seca y buril. 81 x 158 mm. Biblioteca Nacional de Francia. 




Dijimos entonces de este desnudo de Miguel Ángel: «Es probablemente la primera vez que desde la Antigüedad (estatua de Hermafrodita) sólo la belleza plástica de la espalda, magníficamente modelada, de un cuerpo humano y la línea sinuosa de la cadera, llegan a ser en sí mismas un tema artístico. Este cuerpo flexible y musculoso visto por detrás, parece haber inspirado a dos de los más grandes maestros del arte barroco: Rembrandt (Bartsch  205) y Velázquez… Pero, mientras que Miguel Ángel acentuó la belleza plástica pura de la espalda, modelándola en un claroscuro infinitamente delicado, los dos maestros barrocos, dejándose llevar por el gusto pictórico de su tiempo, estuvieron más interesados por los desnudos en tanto que valores y por sus relaciones con la atmósfera circundante».

En este desnudo de Miguel Ángel bajo la bóveda de la Sixtina se encuentra ya la idea de la posición de las piernas (pierna izquierda extendida que oculta la pierna derecha doblada), de la espalda flexible y vigorosa y de la línea sinuosa formada por las caderas, el talle fino y el hombro. Además de este contorno musical, la precisión del modelado plástico de la espalda y las caderas (en contraste con la sencillez pictórica de los tonos unidos de los venecianos) revela, en Velázquez, el estudio de las formas del estilo de Miguel Ángel. Ese cuerpo delgado, flexible, con las extremidades tan finas, tan diferente de los cuerpos de formas llenas, de proporciones poderosas de Tiziano, recuerda mucho más el ideal de Tintoretto, influenciado, él también, por Miguel Ángel.

Últimamente, Martín S. Soria ha indicado como fuente probable la lámina de A. van Blocklandt [Anthonie van Blocklandt o Anthonie Blocklandt von Montfoort, 1533/34 – 1583, pintor holandés] que representa a Venus y Adonis, donde la figura de Venus parece estar inspirada, una vez más, por el mismo Ignudo de Miguel Ángel[6].


Philips Galle (Haarlem, 1537 – Amberes, 1612). Venus y Adonis (según Anthonie van Blocklandt, 1532/33 – 1583, holandés). Ca. 1579. Grabado. 209 x 301 mm. Metropolitan Museum, Nueva York.


Todas estas inspiraciones son refundidas por Velázquez y completadas por el estudio directo de la naturaleza. Probablemente hiciese posar a una joven según la actitud del desnudo de Miguel Ángel, si bien rehecha del natural. El cuerpo «en forma de guitarra» (Enrique Lafuente Ferrari) parece ligeramente idealizado, de manera que hace resaltar la pureza de los ritmos del contorno.

Velázquez ha borrado tan completamente el recuerdo de Miguel Ángel, que el espectador cree estar en la alcoba, en presencia de aquella misma mujer real. Recordemos que poco tiempo antes de la concepción del cuadro de Velázquez, Rubens, en su tratado De imitatione statuarum, aconsejó a sus colegas recomendándoles un método similar, esto es, rehacer las esculturas antiguas según la naturaleza[7].

El Cupido, que se halla en perfecto equilibrio con la Venus, parece pintado también del natural. Arrodillado sobre el lecho, sostiene el espejo como un pajecillo que estuviese enamorado de su dueña. Su rostro parece mostrar una especie de éxtasis delante de la belleza de la Venus. Mientras que Velázquez renunció en la figura de Venus a todos los atributos externos, en el Cupido retuvo las alas[8]. Sin embargo, lo unió al resto del primer plano con la ayuda del colorido azul frío de la banda.

En el espejo que la Venus contempla aparece la imagen, un poco borrosa, de su rostro, que contrasta con la pureza ideal de las formas de su cuerpo. Es la cabeza de una muchacha campesina con los cabellos castaños y con trazos un tanto corrientes[9].

El contraste entre la belleza ideal del cuerpo y la «insensibilidad campesina» del rostro ha sido explicado, hasta el presente, por la hipótesis según la cual Velázquez habría tenido un modelo de ese tipo que, simplemente, habría pintado con un realismo íntegro[10]. Otra crítica eliminaba ese rostro suponiendo que habría sido añadido posteriormente por otra mano[11]. Para nosotros, sin embargo, este contraste es revelador de la concepción que Velázquez se hace de las relaciones entre la realidad y la mitología: lo divino parece oculto en la vida cotidiana. El artista no debe destacarlo mediante la idealización, sino que debe de captarlo en la realidad misma. En Velázquez no se trata de un «retrato mitológico» (Tiziano), sino de la mitología que se revela de repente en el «retrato» de un ser cualquiera. Una simple joven desnuda, con los cabellos castaños, sin joyas ni atributos, sin belleza en el rostro, se convierte de pronto en diosa por la belleza de sus formas y las líneas de su magnífica espalda; y todo esto está representado de una forma tan natural y tan discreta que no parece que abandonemos la realidad. Así, su obra parece que nos enseña que las divinidades mitológicas no están separadas de nosotros ni por el tiempo ni por el espacio. No son trascendentales. Lo divino luce súbitamente en medio de las vulgaridades de nuestro mundo: la espalda de la joven es la de una diosa. De ese modo, la realidad cotidiana se ennoblece sin que Velázquez la embellezca artificialmente, sin que abandone la verdad[12].

¿Cuál es el lugar histórico de esta sorprendente obra? Aún últimamente un historiador la ha clasificado como una obra barroca. Pero, para nosotros, más bien parece ser la confección, en el estilo clásico del Renacimiento (Tiziano), de un desnudo de proporciones manieristas y retocado según un ideal de sobriedad y de sencillez, y según una nueva sensibilidad en cuanto a los «valores» pictóricos. Si nos preguntamos quién pudo sugerir a Velázquez que renunciase al decorado suntuoso, nos parece evidente reconocer en ello la enseñanza de Caravaggio. Entre las suntuosas Venus acostadas de Tiziano y la Venus desprovista de toda decoración externa de Velázquez, se inserta la revolución pictórica de Caravaggio. Incluso la idea de que la mitología está presente en la vida cotidiana, se anticipa en ciertas obras de este artista italiano. Sin embargo, lo que era exagerado en la plasticidad, y, a veces, violento en los contrastes de claroscuro en Caravaggio, llega a ser noble y equilibrado en la obra de Velázquez. La búsqueda de la verdad caravaggesca se purifica aquí de su materialismo. Se espiritualiza tanto en la técnica como en la concepción de las formas. El realismo se transforma en una «visión» de la verdad que concilia la imagen perceptible (disegno esterno) con la imagen interior (disegno interno).

Esta nueva «visión» de la realidad estrecha las relaciones entre figura y espacio. El desnudo de Velázquez está mucho más unido al espacio circundante que el de las Venus venecianas. La decoración del entorno llega a ser un reflejo de las líneas principales del desnudo: al contorno inferior del cuerpo corresponde la curva de la cubierta gris, mientras que la diagonal de la cortina roja repite la curva ascendente de la espalda. Este tejido de relaciones entre figura y ambiente es otro trazo esencial que distingue al lienzo de Velázquez de las obras anteriores. Los dos aspectos de la verdad, el objetivo y el subjetivo, son unidos por Velázquez en una visión sorprendente que se anticipa al «realismo subjetivo» de los maestros impresionistas franceses. Pero ese «realismo espiritual» de Velázquez emana de su concepto de la realidad en tanto que «reflejo» y «espejismo» (ilusión).

Sin embargo, la imitación de un modelo de Miguel Ángel en la Venus del espejo no es un caso aislado en la obra de Velázquez. En todos los lienzos mitológicos de la madurez, al maestro le gustaba seguir la lección del gran florentino. Angulo Íñiguez observó ya que el motivo principal del Marte de Velázquez (Prado) no es más que una paráfrasis del Pensieroso de Miguel Ángel, y que las poses y los movimientos de las dos mujeres (Palas Atenea y Aracne) del primer plano de Las Hilanderas, proceden de dos de los Ignudi de la bóveda de la Sixtina[13]. Completemos esta lista con la observación de que la postura de Argos, en Mercurio y Argos (Prado), nos parece más próxima a uno de los desnudos en color bronce de la bóveda de la Sixtina, el que está encima del triángulo de Ezequiel[14], que al Galo moribundo (Justi). Los motivos del brazo izquierdo que sirve de apoyo al cuerpo, de la cabeza cayendo hacia adelante sobre el pecho, y del brazo derecho cuya mano cuelga pasivamente, son otros tantos contactos con la figura de Miguel Ángel. Únicamente el motivo de las piernas procede del Galo moribundo (Justi). La composición de la figura en un solo plano (relieve) de Miguel Ángel, es traducida por Velázquez en una composición tridimensional. Se inspiró ahí en el desnudo dormido de Miguel Ángel para expresar el sueño profundo de Argos, cuando la muerte está próxima.




[1] La Venus de Londres fue ejecutada probablemente durante el segundo viaje de Velázquez a Italia, entre enero de 1649 y el mes de junio de 1651. Opinión dada por Neil MacLaren, La Escuela Española. Catálogo de la Galería Nacional, Londres, 1952, págs. 75 y ss., y del mismo autor La Venus Rokeby (Gallery Books, nº 1), Londres, 1944, y compartida por Martín Sebastián Soria, Archivo Español de Arte, 1953, págs. 271 y ss., por sir Kenneth Clark, The Nude, 1957, págs. 373 y ss. [hay edición española: El desnudo. Un estudio de la forma ideal. Madrid, Alianza, 2008], y por Kurt Gerstenberg, Diego Velázquez, Munich, 1957.
Probablemente, el lienzo fue cortado un poco a la izquierda, hipótesis basada en el hecho de que el pie izquierdo de la Venus y el ala del Cupido se hallan en la actualidad demasiado cerca del borde (MacLaren). Arriba, en la parte superior del lienzo, va cosida una franja de tela de unos catorce centímetros que cubre toda la anchura. MacLaren cree poder deducir de esto que originariamente sólo había sido proyectada la Venus, siendo el Cupido añadido a destiempo por el pintor; esta opinión ha sido puesta en duda por el químico escocés Arthur Pillans Laurie, por Martín S. Soria y por Gerstenberg. Las partes sombreadas del Cupido y del brazo de Venus habrían sido retocadas parcialmente después.
Según MacLaren, el reflejo en el espejo habría sido vuelto a pintar más tarde, opinión compartida por Gerstenberg. Sin embargo, esto no es más que una hipótesis sugerida (pág. 276) por el contraste entre la espalda y el rostro de la Venus que nosotros trataremos de explicar por partes. La opinión de MacLaren fue también puesta en duda por Laurie y por Soria. La cabeza de la Venus fue retocada por el mismo Velázquez en un arrepentimiento, así como el contorno del brazo derecho (MacLaren). Antaño se creyó que la Venus de Londres era el único desnudo en la obra de Velázquez. Se ha dicho que «la España católica y mojigata no admitía que la carne condenada fuese ilustrada por el pincel» (Élie Faure, Velázquez, París, 1903). Actualmente sabemos, gracias a las investigaciones de científicos españoles, que Velázquez pintó a la Venus al menos cuatro veces, pero las tres restantes versiones están hoy perdidas.
[2] La «sublimación» de la Venus de Urbino de Tiziano según la filosofía del amor de los neoplatónicos, apareció después en Tiziano en la Venus de la música (Museo de Berlín). El organista no es, en efecto, más que un «añadido» del Tiziano en su cuadro de la Venus acostada de Berlín y en las réplicas de taller. Otto Brendel («The interpretation of the Holkham Venus», Art Bulletin, 1946, págs. 75 y ss.) insiste en las influencias de Marsilio Ficino, Pietro Bembo y Baldassarre Castiglione sobre la Venus de la música de Tiziano. André Chastel (Art et humanisme, París, 1959, págs. 297 y ss.) añade al Ariosto, Orlando furioso, VII, versos 11 y ss.
[3] Carl Justi (Velázquez y su siglo, Bonn, 1903, 2ª edición, págs. 660 y ss.) indicó en primer lugar como posible fuente a la Hermafrodita [del Louvre]. Neil MacLaren, obra citada, cree que la Ariadna cubierta con un paño del Palazzo Pitti, está más próxima aún en su pose a la Venus de Velázquez. A decir verdad, las dos obras se aproximan únicamente en la posición del brazo.
[4] Tolnay, Michelangelo, II, Princeton, 1945, pág. 71, figuras 407-409.
[5] Con excepción de Diego Angulo Íñiguez (Velázquez. Cómo compuso sus principales cuadros. Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla, 1947, pág. 93) y de Martín Sebastián Soria, artículo citado.
[6] Martín S. Soria, Archivo Español de Arte, 1953, págs. 271 y ss. Anotemos, sin embargo, que la posición de las piernas en Velázquez se acerca más al desnudo de Miguel Ángel.
[7] Publicado en Goeler von Ravensburg, Rubens und die Antike [Jena, Hermann Costenoble, 1882], págs. 37-195.
[8] Son alas en torno (en derredor) (cf. Gerstenberg).
[9] Sobre el motivo del espejo como Vanitas, cf. Hartlaub [Gustav Friedrich Hartlaub, 1884 – 1963, historiador de arte alemán], Zauber des Spiegels, Munich, 1951; H. Schwarz [Heinrich Schwarz, 1894 – 1974, historiador de arte nacido en Praga y fallecido en Nueva York], Art Quarterly, 1952, págs. 97 y ss.
[10] Es la opinión de Justi, op. cit. 
[11] Esta hipótesis fue emitida por MacLaren, op. cit, y seguida por Gerstenberg.
[12] Ver, Tolnay, «Velázquez, ‘Las Hilanderas’ and ‘Las Meninas’», Gazette des Beaux-Arts, 1949, pág. 32.
[13] Diego Angulo Íñiguez, op. cit., págs. 54 y 90.
[14] Cf. Tolnay, Michelangelo, II, ilustración 206 [Charles de Tolnay. Miguel Ángel. Escultor, pintor y arquitecto. Madrid, Alianza, 1999, ilustración 75].

Charles de Tolnay / Las Hilanderas y Las Meninas (una interpretación)

Charles de Tolnay. «Velázquez, Las Hilanderas and Las Meninas (An interpretation)». Gazette des Beaux-Arts, nº 35, 1949, págs. 21-38. Traducción del francés de Carlos Campa Marcé.

 

Publicado por Enrique Castaños, Doctor en Historia del Arte.


Los historiadores del arte de finales del siglo XIX, influidos por las corrientes artísticas de su tiempo, han descubierto en Velázquez el antepasado más importante del Impresionismo. Por encima de todo, admiraban en sus pinturas la franqueza y la verdad con las que restituía todas las impresiones ópticas de los objetos visibles. «No ha pintado más que lo que ha visto», dice Aureliano de Beruete, haciendo alusión a que pintaba sus lienzos no en el taller, sino in situ, sin hacer posar a sus modelos ni recurrir a una iluminación ad hoc. Carl Justi describe la génesis de Las Hilanderas en los siguientes términos: «Un día en que [Velázquez] acompañaba a un grupo de damas de la Corte a la fábrica, mientras ellas cambiaban impresiones acerca de un tapiz allí expuesto, Velázquez se retiró y observó desde la puerta el efecto pictórico de los grupos, de lo que resultó Las Hilanderas (…) Los grupos de una fotografía instantánea no se presentan con tanta naturalidad». [N.T.1] Las pinturas de Velázquez fueron denominadas «composiciones impresionistas» por el crítico escocés Robert Alan Mowbray Stevenson [1847 – 1900]. Deseando otorgar a Velázquez el más alto elogio, Élie Faure dice: «En la superficie y en lo profundo, no se sabe dónde comienza la ficción, dónde termina la realidad», continuando el comentario de Théophile Gautier, que, delante de Las Meninas, había exclamado: «Es la naturaleza misma atrapada en flagrante delito de realismo...» (1862).


Velázquez. Las hilanderas o La fábula de Aracne. 1657. Lienzo. 167 x 252 cm. Prado. Sin los añadidos.


Gracias a esta concepción de Velázquez como el más grande Impresionista avant la lettre, una concepción que todavía perdura, se han podido apreciar mejor sus enormes cualidades de pintor de la luz y el color.

Sólo muy recientemente un cambio de opinión vino a desmontar, poco a poco, ese punto de vista tradicional. Oponiendo al ingenuo impresionismo de Velázquez su espiritualidad y su fondo humanista, que han sido puestos en valor por Francisco Javier Sánchez Cantón y Enrique Lafuente Ferrari, Diego Angulo Íñiguez, en un libro importante, ha puesto de manifiesto que las composiciones de Velázquez no se habían realizado rápidamente e in situ, sino que se habían elaborado lentamente siguiendo un método practicado en los talleres de los siglos XVI y XVII. Señaló también que Velázquez estudiaba y adaptaba los esquemas de sus composiciones y los motivos visuales a partir de obras italianas, francesas, alemanas y españolas anteriores. Es significativo que ese cambio en la interpretación de la obra de Velázquez se haya producido tan recientemente. Pero el aspecto tradicionalista de su arte, se sigue subordinando a su aspecto moderno, como pintor de la luz e impresionista.

En este ensayo desarrollaré una contribución más detallada en la dirección explorada por los trabajos de los maestros españoles—contribución que, por otra parte, a pesar de ser paralela, se ha elaborado con independencia de sus investigaciones. Después de precisar lo que Velázquez ha extraído de la tradición, hay que intentar discernir en qué se desvía para crear algo nuevo y osado. Las filiaciones históricas deben completarse con una investigación que guarde relación con la aportación verdaderamente personal del artista.

La crítica ha considerado a Las Hilanderas, hasta fecha muy reciente, como una escena de la vida de taller (1). Se considera que esta obra representa la manufactura de tapices de la Fábrica de la calle de Santa Isabel de Madrid. La composición consta de dos escenas: en primer plano, se ve un taller donde unas trabajadoras hilan la lana; en el fondo, hay una segunda habitación, más pequeña, hacia la que conducen unos escalones y donde se exponen los tapices. Se ha dicho que tres damas de la Corte están examinando unos tapices que tienen la intención de comprar.


Miguel Ángel. Escena bíblica de la separación de las aguas en la bóveda de la Sixtina.


Una mirada más atenta notará, sin embargo, que la manera en que los personajes destacados del primer plano contrastan con los personajes más reducidos del fondo corresponde a un tipo de composición bien conocido por los Manieristas italianos y flamencos del XVI tales como, por ejemplo, Sebastiano del Piombo, Jacopo Bassano, Tintoretto o Pieter Aertsen. Se ha sugerido también (Angulo lo ha hecho) que las dos protagonistas del primer plano se habían inspirado directamente en dos Ignudi del techo de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. Enriqueta Harris ha hecho notar, además, que los dos personajes centrales del último plano (que, según ella, formarían parte del propio tapiz) representan figuras mitológicas, a saber, Palas Atenea, «la diosa que preside el oficio del trabajo con la aguja y del tejido de tapices», y probablemente Aracne, quien, habiendo osado desafiar a Palas en ese terreno, fue castigada por ella, que la transformó en araña (2). Elizabeth du Gué Trapier ha señalado que esos dos personajes no forman parte del tapiz, sino que están de pie delante de él. En efecto, no se encuentran al interior del borde del tapiz, sino en tierra, y el rayo de luz que, viniendo de la izquierda, penetra en diagonal por la habitación, determina igualmente el juego de sombras y de luz alrededor de ellos. Por último Angulo ha avanzado la hipótesis de que las tejedoras del primer plano no serían simples obreras, sino que representarían igualmente personajes mitológicos. Ovidio, en el libro sexto de sus Metamorfosis, describe a Aracne como siendo de baja extracción y a Palas que aparece por primera vez delante de ella disfrazada con rasgos de anciana. Angulo ha supuesto, por tanto, que la joven ocupada en enrollar la lana podría ser Aracne, mientras que la vieja en la rueca sería, probablemente, Palas, tal como se presentó antes de revelarse como una diosa. Esta hipótesis parece tanto más plausible cuanto que la anciana sostiene la rueca y que Palas, como se sabe, se considera la inventora de la rueca. La diosa realiza el trabajo principal produciendo la lana, mientras que la joven Aracne no se ocupa más que de un trabajo secundario, es decir, de enrollarla. En efecto, el mito dice que Aracne había sido alumna de la diosa en el arte de la tapicería. Se puede señalar, igualmente, que hay detrás de la vieja una pila de tapices terminados, y, como contrapunto a estos, en la otra parte, detrás de la joven, madejas de lana en bruto. En el primer plano, tenemos, en consecuencia, una paráfrasis libre de la primera parte del mito de las Metamorfosis. Al fondo, tendríamos, pues, una ilustración de la segunda parte del mito de Ovidio, en que Palas se revela como una diosa, con su casco y armadura, enfrentando a la temeraria Aracne, que quiere rivalizar con su maestra ejecutando por su cuenta una serie de tapices, el primero de los cuales es El rapto de Europa.


Tiziano. El rapto de Europa. Ca. 1560-62. Lienzo. 178 x 205 cm. Isabella Stewart Gardner Museum, Boston.


El tapiz que se ve en Las Hilanderas detrás de Aracne representa, en efecto, un Rapto de Europa, que es una fiel versión de una pintura de Tiziano. Pintura que pertenecía desde 1562 a la Corte de España, y que Velázquez debía conocer y apreciar. En la actualidad se encuentra en el Museo Isabella Stewart Gardner de Boston. En resumen, el lienzo de Velázquez representa, repartidos entre el primer plano y el fondo, dos etapas sucesivas del mito de Aracne, y esa supuesta pintura «de género» es, en realidad, una pintura mitológica.

Pero no se podría explicar todo por la inspiración tomada del libro sexto de Ovidio. No se entiende de pronto por qué la Palas Atenea disfrazada no se gira hacia la joven Aracne; no se comprende tampoco, en el último plano, lo que hacen tres jóvenes elegantemente vestidas ni por qué una viola da gamba (violoncelo, contrabajo) se encuentra allí. Se ha creído poder reconocer en esos personajes del fondo a las lidias que rinden homenaje a Palas Atenea en el momento en que ella se revela a Aracne (Ovidio, VI, 44); sin embargo, mientras que Ovidio nombra a las ninfas y mujeres de Lidia, en la edición ilustrada de la traducción italiana de las Metamorfosis por Ludovico Dolci, que formaba parte de la biblioteca de Velázquez, las mujeres son cinco y la viola da gamba no existe. La viola da gamba ha dado lugar recientemente a una explicación ingeniosa. Se ha supuesto que, ya que la música sirve de antídoto al veneno con que la araña mata a las personas, Velázquez habría introducido ese instrumento musical para aludir a la metamorfosis de Aracne en araña. Pero esta interpretación presenta una doble dificultad: en primer lugar, Aracne todavía no ha sido transformada en araña en Las Hilanderas, y, además, los textos citados en apoyo de esta explicación mencionan otros instrumentos musicales y no una viola da gamba precisamente.

El espectador de la obra percibirá un cierto contraste entre el primer plano y el fondo. El nivel del taller es más bajo; la habitación del fondo está elevada a la manera de una escena de teatro. La primera habitación está en semisombra mientras que la segunda se inunda de luz. La primera tiene un carácter plebeyo; la segunda es elegante. Ese contraste no está inspirado en Ovidio y uno se preguntaría por qué Velázquez ha dado esta estructura a su composición. Si se contempla la escena del fondo sin pensar en el mito de Aracne, el espectador asociaría inmediatamente a Palas y las cuatro mujeres con el tema de «Palas, diosa de las Bellas Artes, rodeada por las personificaciones de la Pintura, la Escultura, la Arquitectura y la Música». La Música estaría representada por la joven de la izquierda, con su atributo, la viola da gamba. Aracne estaría en lugar de la Pintura (y del arte de la Tapicería), y su obra es, en efecto, una copia, como se ha dicho, de una célebre pintura de Tiziano. La Escultura y la Arquitectura no presentan atributos especiales, pero es probable que la joven del extremo derecho, próxima a Aracne personifique a la Escultura, y que la Arquitectura sea el personaje de espaldas, ya que ese arte juega un papel subalterno respecto al tema de esta pintura.

La escena del primer plano sería la representación de Palas como diosa de la artesanía. El ritmo de los movimientos esbozados por el trabajo de las mujeres se acentúa más intensamente. Las siluetas de los dos personajes de la izquierda y de los otros dos de la derecha se complementan mutuamente, formando, en cada caso, una composición completa. Los dos conjuntos de grupos, bien que separadas por un vasto intervalo, forman igualmente un conjunto recíprocamente complementario. Entre las diagonales de la rueca y del brazo extendido de la joven Aracne, hay una correspondencia de movimientos recíprocos que hace pensar en las partes móviles de una máquina. La fantasía del espectador completa la serie de movimientos sugeridos y obtiene la impresión general del trabajo coordinado de un gran número de mujeres, a pesar de que no haya más que cinco en total, de las cuales sólo dos trabajan intensamente.

El suelo parduzco y los muros gris marrón conforman un fondo neutro, cálido, en el que los colores locales—rojo profundo, amarillo parduzco, negro, azul-verde, lila rosáceo y blanco—se distribuyen en el primer plano de una forma casi simétrica. Esas grandes manchas de colores locales no llegan, sin embargo, a producir un todo armonioso, en la medida en que el rayo de luz que penetra en la habitación transforma los colores en «valores».

Al fondo, una luz solar difusa y cálida transfigura la realidad en una especie de visión. Aquí Velázquez alcanza, por sus propios medios, a crear una poesía de luz que recuerda a Vermeer de Delft. Un rayo de luz, que penetra de manera diagonal en la estancia, inunda la escena. De la misma forma que en Vermeer, el blanco de la pared y los tres colores principales (que él ha escogido para las mujeres)—azul marino, amarillo y rojo—se tornan fosforescentes. También como en Vermeer, las manchas rojas, azules, amarillas y verdes del tapiz, y de su borde, se funden en la lejanía en un todo vibrante (3). Gracias al efecto luminoso, la realidad queda transformada en una visión del espíritu: una visión cuya belleza etérea se acentúa por el contraste que forma con los tonos más materiales y cálidos del primer plano.

La inspiración para esta escena del fondo la proporcionó probablemente un grabado que representa a Palas Atenea con las personificaciones de las Bellas Artes y la Música, que figura en las Vite de Giovanni Baglione (1642), un libro que Velázquez debió conocer, puesto que consta en el inventario de su biblioteca. El tema fundamental de la composición toda es, pues, la representación de Palas en tanto que diosa de las Artes Mayores y Menores, con una alusión especial al tejido del tapiz. Cabe señalar que se consideraba a Palas Atenea o Minerva como la dea lanificii, y que la palabra lanificium se consideró, durante toda la Edad Media y el Renacimiento, como que designaba las artes mecánicas. Esta concepción explica la estructura de la composición espacial, de la iluminación, del colorido, de la distribución de los personajes y del tratamiento de las formas. El mito de Aracne se introduce en este marco fundamental, por así decir, a posteriori.

Es característico que Velázquez haya distinguido las bellas artes de la artesanía y que haya expresado su diferencia de rango y de dignidad en la composición y en la iluminación de su lienzo. Adoptando esta distinción, ha seguido a los teóricos neoplatónicos del arte italiano de finales del siglo XVI y principios del XVII—Giovanni Battista Armenini, Giovanni Paolo Lomazzo, Federico Zuccari y Romano Alberti[1]—cuyas obras se encontraban también en su biblioteca. En todos esos tratados se pone en valor que la «idea» preconcebida en el espíritu del artista—o disegno interno—es independiente de la realización de esta «idea» en la materia, es decir, del disegno esterno. Esta separación entre arte y artesanía era un proceso paralelo a la separación social que existía entre el artista y el artesano en el siglo XVI.

Pero Velázquez no es solamente un ilustrador de esta idea. A diferencia de los teóricos del arte italianos, se da en Velázquez, a pesar de todo, un parentesco estrecho entre arte y artesanía. La artesanía presupone la «idea» de las bellas artes que ella lleva a ejecución y, recíprocamente, el arte encarnado conduce de nuevo a las bellas artes. Palas es la diosa de los dos ámbitos. Las estrechas relaciones entre el primer plano y el fondo se expresan por medio de sutiles métodos plásticos en la composición. Las líneas diagonales de la rueca son paralelas al rayo de luz del fondo, y ese rayo golpea a Aracne, que se encuentra en el primer plano, y la conecta así con la escena del fondo.

Las Hilanderas contiene, por tanto, la esencia de la teoría del arte de Velázquez—una teoría de la que no existen testimonios escritos. Velázquez cree en una inspiración más alta de la idea artística, y, por consiguiente, en la sublimidad de las bellas artes en relación con la artesanía, pero, al mismo tiempo, es consciente de la necesidad de la artesanía sin la que ninguna idea artística podría ser realizada. La unión de la idea con la artesanía conforma el territorio del arte.

Lo que resulta interesante en esta pintura es que el asunto mitológico está tan íntimamente asociado a la realidad que el espectador cree estar ante una escena de la vida cotidiana. La mitología es, para Velázquez, no un mundo heroico, trascendente, como en las concepciones declamatorias y heroicas de los maestros italianos, sino una parte integrante de la realidad cotidiana. Con una fina ironía, Velázquez ignora los límites que separan la realidad del mito. Lo trascendente se vuelve inmanente, los dioses y los héroes se convierten en seres humanos cotidianos, y la realidad pierde su pesantez terrenal, transformándose en un mundo poético y espiritual.

El artista que poseía tal concepción de la dignidad y valor de las bellas artes no era simplemente un Naturalista o un Impresionista. Era, antes bien, un espíritu soberano, un verdadero Humanista. La técnica impresionista se reviste aquí de una significación especial totalmente diferente de la que tenía para los artistas del siglo XIX. Es un medio de expresión de una realidad transformada en una visión del espíritu.
Las ideas de Velázquez sobre las bellas artes y la artesanía, tal como se expresan en Las Hilanderas, se completan, en Las Meninas, con su concepción de la dignidad del artista en tanto que creador.


Las Meninas o La familia de Felipe IV. 1656. Lienzo. 310 x 276 cm. Museo del Prado. 


No es fácil definir el asunto de este lienzo. ¿Se tratará del retrato de la infanta Margarita con las Meninas de su corte personal, o del retrato de la pareja real de Felipe IV y su esposa, Mariana de Austria, personajes que se reflejan de medio cuerpo en el espejo del fondo? ¿O tal vez lo sería del pintor mismo captado en el momento de ejecutar la obra? Se podría también considerar que el tema de esta pintura es un retrato de la familia real. Una antigua tradición quería, en efecto, que en el centro de la pared del fondo de un retrato de familia apareciera una imagen encuadrada de los antepasados—o del antepasado—de la familia, a fin de que sus miembros ya fallecidos pudieran participar en el retrato familiar. Velázquez ha sido fiel a este antiguo tipo de representación, añadiendo la idea ingeniosa de permitir que los mayores aparezcan en un espejo, habida cuenta de que aún viven. Hay que imaginar al rey y a la reina de pie delante del cuadro, como modelos, ante el pintor, en una de las sobrias estancias del viejo palacio. La luz de esta habitación parece haber sido dispuesta por el retratista. Llega por la primera ventana de la derecha a fin de que—debemos suponer—los modelos estén bien iluminados, mientras que los postigos de la segunda y tercera ventana están cerrados, dejando al pintor en una semi-sombra (La luz llega también a través de la última ventana, pero en menor cantidad y a una gran distancia por detrás del pintor. La luz que penetra en el primer plano golpea al suelo color rosa pálido; el techo está cubierto de semi-sombras de un verde-gris, animadas por los chorros de luz que se encuentran cerca de la primera y de la última ventana).

La Infanta, para hacer su visita, ha entrado con su séquito por la puerta del fondo, que queda abierta. Se convierte así en el centro del interés. Dos Meninas (damas de honor) la rodean, una de ellas, arrodillada, le ofrece un tazón rojo, mientras que la otra le hace una reverencia. Un poco más apartados del centro, de acuerdo con la jerarquía de la Corte, figuran los guardadamas, los enanos y el pintor de corte, Velázquez.

La perfecta ilusión espacial y plástica, la apariencia verídica de la luz, la belleza de los tonos grises plateados, han sido perfectamente descritas más de una vez. Pero la severa geometría de la composición quizás no haya sido tan resaltada. Los marcos de las pinturas en las paredes y el del espejo, así como el de la puerta del fondo, forman un sistema de líneas verticales y horizontales que determinan la posición de las cabezas de los personajes, de manera que, lo que a primera vista parece una distribución debida al azar, ha sido en realidad establecida a partir de un plan oculto cuidadosamente pensado. Se produce una gradación triple de la importancia de los personajes conforme a la distancia que los separa del espectador: los del primer plano son los más plásticos: forman un triángulo en la parte baja de la derecha, una especie de cuadro y al mismo tiempo de realce, siguiendo un expediente secular; los del plano intermedio son más pictóricos; los del fondo son como sombras. La degradación de la luz va del centro a la periferia. El vestido de satén blanco y la rubia seda de los cabellos de la infanta reflejan el máximo de luz, al tiempo que los vestidos de las Meninas (terciopelo verde oscuro, a la izquierda, y seda grisácea, a la derecha) implican un menor foco de luz. Más apagados aún son los personajes de la periferia—los enanos en terciopelo azul oscuro y rojo; los personajes del tercer plano en negro.

El personaje de la infanta está pintado en claro sobre un fondo oscuro y, contrastando con ella, el aposentador forma una silueta oscura que se destaca sobre un fondo claro.

Los tonos del lienzo entero están difuminados: una armonía fresca, de un gris plateado, interrumpido por algunos acordes de manchas escarlatas.

El propio artista parece, a primera vista, no ser más que una figura subalterna en esa escena de la Corte. Se mantiene delante de su tela (un lienzo muy grande) frente a la pareja real a la que está retratando. Es, sin embargo, el único que parece fuera de ese conjunto de hierática rigidez. Parece poseído por la inspiración. Su cabeza está ligeramente inclinada, como presa de una ensoñación, y sostiene el pincel—como un poeta sostendría su pluma—con la dulce presión de una mano maravillosamente dotada de espíritu. Es un momento de suspenso—un momento de concentración sobre esa imagen interior que los teóricos del momento llamaban el disegno interno. He ahí al pintor como creador soberano, apto, gracias a su don divino, para recrear ese mundo visible en su interior. Se percibe en él modestia, y, al mismo tiempo, orgullo melancólico—modestia a causa del rango de personaje periférico que se ha asignado a sí mismo en la tela, orgullo a causa de su superioridad interior y su independencia respecto a la vida de la corte. El mundo fantasma de la Corte se torna el pretexto para el desarrollo de sus prometeicas facultades internas. Él pinta de memoria (es decir, sin seguir a sus modelos directamente), en un estado de embeleso soñador. Es la única persona que parece no ser consciente de quienes le rodean.


Rubens. Palas y Aracne. 1636-1637. Óleo / madera. 26,6 x 38,1 cm. Richmond, Virginia Museum of Fine Arts


Según una tradición que procede de finales de la Edad Media, la idea principal de una obra de arte se matiza por la inserción, en una pintura, de cuadros cuyos asuntos puedan servir para poner de relieve el tema principal a través de sus relaciones tipológicas. Hay en el fondo de Las Meninas dos grandes cuadros. El de la izquierda representa a Palas y Aracne (según una composición de Rubens), y el de la derecha a Apolo y Marsias (según una composición de Jordaens). Las dos son leyendas que simbolizan la victoria del arte divino sobre la artesanía humana, o la victoria del arte verdadero sobre la impericia. Los dos muestran que el talento de la expresión artística es la expresión de un principio divino. Los dos cuadros en Las Meninas son comentarios que explican la actitud inspirada que el propio Velázquez ha conferido a su retrato.


Jacob Jordaens. Apolo vencedor de Pan. Ca. 1636-1638. Museo del Prado.


Los artistas de la Edad Media y de comienzos del Renacimiento tenían la costumbre de representar el momento mismo en que estaban ocupados en la ejecución manual de sus obras: el pintor pintando, el escultor esculpiendo—inclinados con humildad sobre esos trabajos a los que se subordinan. En tiempos del Alto Renacimiento—en paralelo con la elevación de la importancia social del artista—se ve, por primera vez, retratos en que los artistas se representan en una actitud noble y digna, ya no en el momento de trabajar, sino sosteniendo sea su obra terminada, sea el proyecto de ella. El trabajo manual, considerado como carente de dignidad, deja de ser representado. Velázquez, todo y que no se representa en el momento de la ejecución material, se pinta sin embargo con el pincel en la mano. Pero se encuentra en un momento de inspiración, concentrado en sus emociones y pensamientos interiores. Se trata de uno de los primeros autorretratos de artistas en el que se acentúa el proceso subjetivo y espiritual de la creación en detrimento de la ejecución material objetiva, que por otra parte no se disimula. Es el punto de partida de las representaciones del siglo XVII, XVIII y comienzos del XIX, en las que se encarna la inspiración subjetiva o «visión» del artista (4). Habrá que esperar al Clasicismo y el Realismo del siglo XIX para percibir una vuelta a la representación de la ejecución material de la obra de arte (5).

Esta concepción velazqueña del artista en tanto que genio creador ha sido preparada por la filosofía italiana del Renacimiento. Marsilio Ficino, Giordano Bruno, Galileo, tampoco ellos ponían el acento sobre el trabajo material, sino sobre el «yo» del artista «capaz de recrear el universo dentro de sí...». «El alma del artista contiene la realidad objetiva; lo que demuestra la supremacía del espíritu sobre la materia». El «alma» de Velázquez en Las Meninas contiene la realidad, y la proyección de ésta en la técnica «casi impresionista» del lienzo es una imagen-espejo de una visión interior del espíritu y no una simple imitación de la realidad externa. En la conciencia de ese hecho reposa, sin duda, el misterio del «realismo espiritual» de Velázquez.



[N.T.1] En alemán en el original. Ofrezco la traducción de Pedro Marrades en Carl Justi: Velázquez y su siglo, Espasa Calpe, Madrid, 1953, págs. 743 y 744.

(1) Se sabe que esta pintura sufrió considerablemente por el incendio de 1734. Parece que la tela era más reducida en su origen y que la composición se veía, en consecuencia, más compacta y más semejante a las composiciones del XVI, es decir, a las de Pieter Aertsen o las de Jacopo Bassano. El límite superior del lienzo se encontraba, en su origen, por encima del tapiz del fondo, aproximadamente a la altura de la parte superior de la escalera. Y terminaba a la izquierda justo después del brazo de la mujer que se encuentra en ese lado. Parece que después del incendio de 1734 el lienzo se agrandó. El efecto aéreo del espacio que nosotros percibimos hoy no formaba parte de las intenciones originales de Velázquez.

(2) Antes de Enriqueta Harris, al personaje del casco a veces se lo consideraba como masculino (Carl Justi), y a veces se lo reconocía con justeza como Palas; Aracne ha sido en ocasiones considerada como Juno.

(3) Es verosímil que sus contemporáneos holandeses—Pieter de Hooch o Vermeer, por ejemplo—hayan influido en Velázquez. Un influjo de Vermeer sobre la escena de fondo de Las Hilanderas no entraría en contradicción con los datos cronológicos. El cuadro de Mujer leyendo una carta, de Vermeer, en Dresde, fue pintado el mismo año que Las Hilanderas, 1657.

(4) Por ejemplo, La visión del escultor, de Jean-Honoré Fragonard, que estuvo en la colección David-Weill; Miguel Ángel en su taller, de Eugène Delacroix, en el Museo Fabre, en Montpellier (el autor no conoce más que un solo autorretrato anterior de un artista en el que se subraye el proceso subjetivo de la creación: es el dibujo de Matthias Grünewald, en Erlangen [considerado un Autorretrato cuando escribía Tolnay, ahora se cree que la figura representada es San Juan Evangelista; se data entre 1512-1516; Grünewald murió el 31 de agosto de 1528]). Se puede llamar la atención sobre el autorretrato tardío de Rembrandt, en el Louvre, ejecutado por las mismas fechas que Las Meninas de Velázquez. El gran artista holandés se representa también con su pincel en mano delante de la tela, no en el momento de la ejecución, sino, como Velázquez, en el momento de la contemplación. Hay, sin embargo, una diferencia. Mientras que Velázquez está poseído por la inspiración, la contemplación de Rembrandt se concentra en el mundo exterior.


Matthias Grünewald. Dibujo. Lápiz / papel. Erlangen (Baviera), Universitätsbibliothek.




Rembrandt. Autorretrato. 1660. Lienzo. 111 x 85 cm. Louvre. 



(5) Por ejemplo, El taller del escultor Jean-Antoine Houdon, de Louis-Léopold Boilly, en el Museo de Artes Decorativas de París y en Versalles [la versión de Versalles parece ser que es la que se encuentra ahora en Cherburgo, en el Museo Thomas-Henry; ambas versiones son de ca. 1804]; El taller de Jacques-Louis David, de Léon Matthieu Cochereau, en el Louvre [1814]; Un taller en Batignolles, de Henri Fantin-Latour, en el Louvre [de 1870, actualmente en el Musée d’Orsay de París]; El taller del pintor (1870), de Frédéric Bazille, en el Louvre [actualmente en el Musée d’Orsay de París], etc.






[1] Romano Alberti, natural de Borgo San Sepolcro (población de la Toscana), fue secretario de la Academia de Pintura de Roma. A instancias de la Compañía de San Lucas y de la mencionada Academia, compuso el texto titulado Trattato della nobiltà della Pittura, publicado en Roma en 1585. Posteriormente, siendo secretario de la Academia de Pintura de Roma, compiló el volumen titulado Origine e Progresso dell’Accademia del Disegno de’ Pittori, Scultori ed Architetti in Roma, una colección de los discursos académicos que se pronunciaron bajo la presidencia de Federico Zuccari, impresa en Roma en 1599 y dedicada al célebre cardenal milanés Federico Borromeo. Se desconocen las fechas de su nacimiento y muerte.